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En aquel tiempo, años
cincuenta del siglo pasado, yo era todavía alumno raro de un colegio
en el que se tenía por costumbre hacer cine forum, una especie
de sustitución paralela de esa asignatura que nunca jamás
han querido incluir en los planes de enseñanza, el cine, a pesar
de que ya entonces se consumía en abundancia. Mi rareza como alumno
consistía en que trabajaba como fámulo, no del todo una
desgracia en los tiempos en que, si en casa no había dinero, no
podías estudiar. Ello me daba algunas ventajas, como por ejemplo,
la de hacer pirola cuando los frailes me enviaban a hacer recados o chapuzas.
En una ocasión tuve que ir a correos con un carro de mano para
recoger unas cuantas cajas de libros. Una vez cargados, probada en otras
ocasiones similares la felicidad que producía fumarse la clase
y ya viciado por el cine a causa de los numerosos cineforums a los que
había asistido, además de ocuparme ya de casi todos los
trabajos relativos con el salón y la cabina de proyección,
me largué con el carro al cine Latino, lo dejé en la calle
durante dos horas detrás de la Iglesia de San Gil y entré
a ver por primera vez en mi vida La Strada, de un tal Federico Fellini,
del que ya había realizado una proyección de otra película
suya en el cole: I Vitelloni.
Salí tan
absorto de la proyección que se me olvidaron los libros. Tuve que
volver a por ellos y allí estaban con el carro incluido a la espera
de mi recogida, cosa que hoy en día jamás hubiese sido posible:
No hubieran durado ni diez minutos. La Strada supuso para mí descubrir
que en el Cine había algo más allá de las películas
domingueras y de las lecturas que los coordinadores de los coloquios daban
a muchos temas, empeñados en descubrir a Dios en los personajes
que menos culpa tenían de nada; aún reconociendo que allá,
en ese colegio, había un cierto aperturismo y el forum daba oportunidad
de reunirse más de seis personas sin permiso de la policía
y de decir lo que se te ocurriera aunque fuese una tontería.
Pocos años más tarde era yo el que dirigía y coordinaba
algunos de esos coloquios y, por supuesto, en una de esas sesiones, programé
esa película de Fellini que, en su momento me había asombrado
por su humanidad, su fuerza poética, su valentía; por el
contraste y la reflexión a la que obligaban al espectador esos
dos maravillosos personajes encarnados por Giuletta Masina y Anthony Quinn.
Y por supuesto descubrí también a uno de los genios de la
historia del Cine del que no me perdería ni una sola de las obras
que haría después a lo largo de su carrera.
Si es una de las películas de mi vida no es solamente, como habrán
podido apreciar, por la película en sí misma y por sus valores,
que los tiene, sino por una serie de circunstancias que la acompañaron
y que me animaron a tomarme el cine, en lo sucesivo con una mayor seriedad.
No era la primera película interesante que veía pero sí
que fue una de las pocas que me han hecho perder posteriormente tanto
tiempo, esfuerzos y dinero, en ese arte que puede ser también espectáculo
y pasatiempo, el más representativo del siglo XX (ya veremos si
también del XXI). Si he elegido ese título ha sido por tratarse
de una experiencia personal e intransferible.
ALBERTO SÁNCHEZ MILLÁN
-Tertulia Cinematográfica Perdiguer-
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