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Siempre
que alguien me pregunta por mi película favorita me es imposible
dar una respuesta. No es fácil elegir una entre todas las que
han conseguido, por unos motivos u otros, despertar en mí los
más dispares sentimientos. Pero en este caso voy a hacer una
excepción, y voy a recordar aquella película que consiguió
emocionarme incluso antes de haberla visto.
Cuando éramos pequeños,
mi hermano y yo tuvimos la suerte de tener un padre que era un gran
cuenta cuentos, y cada noche esperábamos ansiosos para escuchar
nuevas aventuras de Tarzán o ver qué hacían las
latas de tomate que cobraban vida por la noche en un supermercado (al
estilo de lo que se ha podido ver recientemente en la película
"Noche en el Museo"). Pero esta vez fue mi madre la que, con
ayuda de un libro de fotos de la película, nos contó la
historia de un pequeño extraterrestre que por descuido, es abandonado
por sus compañeros en la Tierra. Y el berrinche que acompañó
a la narración fue también de campeonato.
Más tarde, cuando
por fin vi la película, me encontré con una pequeña
obra maestra aparentemente dirigida hacia el público infantil,
pero que aún hoy es capaz de hacerme saltar alguna que otra lagrimilla,
sobre todo cuando llega la escena en la que se marchitan las flores
y sabemos que, aunque no lo podamos ver, E.T. se muere. Capaz de romper
cualquier corazón.
La historia engancha desde
la primera escena, en la cual E.T. es abandonado en el bosque por sus
compañeros. A partir de entonces, se suceden una serie de acontecimientos,
por los cuales el extraterrestre conocerá a Elliot (Henry Thomas),
quien tratará de esconderlo y protegerlo de los hombres de la
N.A.S.A. que lo buscan. Al mismo tiempo, se creará un vínculo
entre el niño y el pequeño visitante, por el cual el primero
sentirá todo lo que experimente el segundo, consiguiendo con
ello las escenas más divertidas y dramáticas de la película.
La música, compuesta
por el colaborador habitual de Steven Spielberg y George Lucas, John
Williams, es maravillosa y acompaña de forma perfecta todas las
aventuras del pequeño hombrecillo del espacio. Tampoco hay ningún
pero que poner a la actuación de los niños: Henry Thomas,
Robert MacNaughton y Drew Barrimore, que en esta película no
levantaba dos palmos del suelo, saben transmitir en todo momento las
diferentes emociones a las que se enfrentan.
Spielberg consiguió
con este film entrar en la mitología del cine, ya lo había
hecho con Tiburón, lo estaba haciendo con la trilogía
de Indiana Jones, y lo haría posteriormente con Parque Jurásico
o La lista de Schindler, entre otras películas (no voy a esconder
mi admiración por este director, guionista y productor de cine).
Hay algunas escenas, como la de E.T. curando el dedo de Elliot y la
del vuelo de Elliot y E.T. en bicicleta con la Luna de fondo, que quedarán
para siempre en la retina de los espectadores, y que son ya icono de
una generación.
Para mí, no hay
mejor película que ésta si en algún momento quiero
retroceder a mi infancia y recuperar un poco de la sensibilidad y la
ternura que la vida diaria tantas veces se encarga de borrar.
CARLOS A. CASTILLEJO
SANZ
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